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Vicenciano

Un carisma es un regalo, un don que Dios otorga a una persona, no por sus méritos sino para que, con la misma gratuidad con que lo ha recibido, lo ponga AL servicio de la Comunidad para el bien de todos.

El carisma vicenciano nace cuando una persona: Vicente de Paúl, en 1617 decide atravesar, con valentía, la «puerta de la fe».

Hoy le recordamos con cariño y nos dirigimos a él, con admiración y gratitud, por haberse atrevido a ajustar sus pasos a los de Dios.

La vida de cada persona no está planteada de antemano, llega con debilidad y, poco a poco, a base de amor y perseverancia, de fracasar y empezar de nuevo, de probar y errar, de búsqueda y encuentro se va configurando hasta encontrar su vocación. Cuando ésta es descubierta y acogida y, además, responde al plan de Dios, los resultados son incontrolables. Así lo vivió Vicente de Paúl. Él anduvo, sin desfallecer, los caminos del amor y encuentro con Cristo al que encontró en los más pobres. Vicente, además de responder personalmente a la llamada de Dios, nos dejó un carisma y formó una Familia que, como él,  quiere  ser «testigo de la esperanza».

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Vicenciano

Nace en Montgesty (Francia) el 5 de enero de 1802. Se ordena de sacerdote el 23 de septiembre de 1826. Se le encomienda la dirección del seminario interno de la Congregación de la Misión, pero él ansía ir a misiones extranjeras. Desembarca en Macao el 29 de agosto de 1835. Ejerce el ministerio entre los cristianos, pese a los peligros de la persecución. Delatado por uno de sus adeptos padece el martirio en Uchanfú el 11 de septiembre de 1840, tras prolongadas torturas. Fue beatificado el 10 de noviembre de 1889 y canonizado el 2 de junio de 1996.

Perboyre El 11 de septiembre celebramos su memoria y recordamos su mensaje: «No hay más que una cosa necesaria, Jesucristo.» «En el crucifijo, el Evangelio y la Eucaristía hallamos cuanto podemos desear, no hay otro Camino, otra Verdad ni otra Vida.»

«Nuestro Señor nos dijo: «Yo soy el camino», pero ¿qué camino? El camino de la humildad, del amor, de la obediencia, de la penitencia, de la mortificación, de ls perfección, de la felicidad, de la gloria.»

«Para no perdernos, necesitamos una antorcha que nos ilumine. Pues bien, él (Jesucristo) nos servirá de antorcha, puesto que él es la verdad y declara que quien le sigue no anda en tinieblas, sino que tendrá luz de vida.»      
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Formación, Vicenciano

El día 28 de junio de 2018 no nos costó madrugar, es más, el grupo de 144 educadores vicencianos que estábamos en Éibar, amanecimos con la ilusión certera de saber que íbamos a conocer, sentir y vivir los lugares de origen y experiencias de la infancia de nuestro querido Fundador: San Vicente de Paúl.

El viaje comienza a las 9:15 horas. Destino: El Berçeau, lugar de nacimiento. El trayecto se hace cómodamente pues acompaña el paisaje típico, repleto de caseríos aislados, plantaciones de manzanos y vid, y, en definitiva, «naturaleza que hipnotiza».

Lo primero que vivimos fue una hermosa celebración en la  renovamos las promesas de nuestro Bautismo. Entrábamos en la Iglesia que fue testigo del Bautizo de San Vicente. Allí, dejamos todos nuestros deseos y peticiones ante la pila bautismal, utilizando el símbolo de la luz. En este ambiente, escuchando un bello repiqueteo de campanas, se agolparon las emociones, pues revivimos y afirmamos nuestra misión heredada y, con ello, recordábamos a «los nuestros», principalmente nuestros alumnos y, entre éstos, los más necesitados.

¡Pero aún quedaba más!

En unos diez minutos llegábamos al Berçeau y, allí, nos encontramos con la casa que vio nacer y vivir a San Vicente los primeros años de su vida. Mientras saboreábamos nuestro picnic rodeados de un paisaje idílico vimos, como si saliera de la nada y con una gran historia que contar, las casa de Ranquines.

Fue curioso, éramos muchas personas alegres y parlanchines… pues bien, al entrar se hizo un silencio absoluto. Se oye a alguien que dice: «Se palpa la emoción». Nada más real.

Jamás una casa suscitó tantos suspiros, unos zapatos tantas fotografías, unas habitaciones tanta imaginación. San Vicente estaba allí, lo vi en todos y cada uno de nosotros. Lo vimos mirándonos a los ojos. Unos ojos que decía sin hablar: ¡GRACIAS!

       
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Acompañamiento

Vivimos en una sociedad y entornos en los que sentimos, profundamente, la «falta de tiempo». ¿Podríamos hacer algo por ello?

Cuando hablamos de tiempo podemos hacerlo desde dos medidas: la cuantitativa (Cronos) y la cualitativa (Kairós). El tiempo cronológico no lo poseemos, más bien nos posee. Éste es el que nos limita en nuestras acciones y el que podemos medir, para bien o para mal. Para organizarlo no tenemos más remedio que movernos entre la prioridad y la aceptación  y controlar  dos parámetros: la importancia de las tareas que debemos hacer y  la urgencia para finalizarlas. Siguiendo algunos principios  podremos ajustar nuestro tiempo para lograr la mayor eficiencia:

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Si logramos dominar el tiempo cronológico empezaremos a disfrutar del  Kairós. Éste es el que permite expresarnos en nuestra vivencia del tiempo y su aprovechamiento existencial. Es el que nos lleva saborear lo verdaderamente importante y descubrir el momento oportuno para hacer algo.

San Vicente de Paúl llegó a ser un maestro del «momento oportuno», que, en su caso, es como decir «reconocer la hora de Dios». Para Él la obra de Dios  requiere, entre otras cosas, tiempo. Él tenía claro que las grandes cosas de la vida nos se consiguen de pronto, se requiere  tiempo para que  crezcan y, además, hacer que ese tiempo sea consciente.

Quizás ha llegado el momento de hacer algo por «nuestro tiempo» y descubrir que no es tan difícil «sacar tiempo» para todo lo que verdaderamente es importante.

 
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