Un carisma es un regalo, un don que Dios otorga a una persona, no por sus méritos sino para que, con la misma gratuidad con que lo ha recibido, lo ponga AL servicio de la Comunidad para el bien de todos.

El carisma vicenciano nace cuando una persona: Vicente de Paúl, en 1617 decide atravesar, con valentía, la “puerta de la fe”.

Hoy le recordamos con cariño y nos dirigimos a él, con admiración y gratitud, por haberse atrevido a ajustar sus pasos a los de Dios.

La vida de cada persona no está planteada de antemano, llega con debilidad y, poco a poco, a base de amor y perseverancia, de fracasar y empezar de nuevo, de probar y errar, de búsqueda y encuentro se va configurando hasta encontrar su vocación. Cuando ésta es descubierta y acogida y, además, responde al plan de Dios, los resultados son incontrolables. Así lo vivió Vicente de Paúl. Él anduvo, sin desfallecer, los caminos del amor y encuentro con Cristo al que encontró en los más pobres. Vicente, además de responder personalmente a la llamada de Dios, nos dejó un carisma y formó una Familia que, como él,  quiere  ser “testigo de la esperanza”.

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