Si el cristiano hoy sigue asumiendo el proyecto de Jesús, es gracias al Espíritu Santo que nos ayuda a descubrir la verdad que resplandece en el Resucitado. Hablar del Espíritu es descubrir al dulce huésped de nuestra alma que habita en cada ser humano: “Entonces el Señor Dios modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz aliento de vida; y el hombre se convirtió en ser vivo” (Gn 2, 7). Desde el primer aliento de vida el Espíritu está en continua relación con todo lo creado y nos abre el camino para descubrir al ungido del Señor, a Jesús, el Cristo, y dejarnos habitar finalmente por aquel que nos entrego su Espíritu en la Cruz.

Dejarnos habitar por el Espíritu supone buscar la verdad que resplandece en su Palabra y al meditarla, va dejando su huella en nuestro corazón, modelándolo como la arcilla en manos del alfarero; supone acercarnos a las cosas de Dios y al acercarnos descubrir que su principal tarea siempre ha sido y será su humanidad creada, por eso cuanto más Dios en nosotros, más humanidad alcanzaremos; y finalmente dejarnos habitar por Él supone amar en libertad sabiendo que cuanto más libre soy en Dios, más yo soy como proyecto de Dios.

Con la Secuencia de la festividad de Pentecostés invocamos al Espíritu pidiéndole que venga a nosotros el Dulce huésped del alma con sus siete dones. ¿Por qué pedir al dulce huésped del alma que habite en nosotros?

Pedimos al Dulce huésped del alma que habite en nosotros porque tenemos una esperanza total en Aquél que nos da la Vida a pesar de nuestras caídas y dudas.

Pedimos al Dulce huésped del alma que habite en nosotros porque en medio de nuestras desesperaciones, agobios y cansancios experimentamos un consuelo, el de Dios, que nadie nos lo puede arrebatar.

Pedimos al Dulce huésped del alma que habite en nosotros para que cuando venga el desgarrón de la muerte ajena o propia sepamos asumir, con fe y esperanza, el paso definitivo a la vida prometida por Jesús.

Pedimos al Dulce huésped del alma que habite en nosotros para vivir con serenidad y confiando en la Providencia la existencia de cada día, la que Dios nos da.

Pedimos al Dulce huésped del alma que habite en nosotros para llevar a cabo nuestra misión, la que ha pensado para cada uno de nosotro.

Pedimos al Dulce huésped del alma que habite en nosotros para ser capaces de orar en medio de las tinieblas, del dolor, del ruido del mundo.

VEN DULCE HUESPED DEL ALMA

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