Hace dos años nuestro colegio San José de Algodonales, Cádiz, comenzó la experiencia de grupos interactivos con el objetivo de dinamizar la metodología didáctica e iniciar un camino de renovación que implicara a la comunidad educativa.

Devolver el aprendizaje a “la tribu”, hacer corresponsables del proceso educativo a las familias en vivo y en directo; en definitiva, conectar con los padres no a través de una charla sino abriendo las puertas de la clase y participando de la gestión del aula para empatizar con nuestra labor.

¿En qué consisten los grupos interactivos?

Realizar actividades de aprendizaje colaborativo en la que participa la comunidad: padres, madres, abuelos, voluntarios de la comunidad, etc., como animadores del alumnado.

Se programa una clase, dividida en grupos de 4 o 5 alumnos. A cada uno se les da una actividad que tienen que resolver en conjunto: lectura comprensiva, problemas matemáticos, esquema de un texto, …

Cada grupo recibe una tarea distinta, con una duración aproximada 15 o 20 minutos (es muy importante controlar el tiempo). Una vez que se termina la actividad se hace un proceso rotatorio hasta que cada equipo haya realizado todas y cada una de las actividades que se han propuesto.

A cada grupo de alumnos se les asigna un adulto cuya función no es explicar sino animar, favorecer la conversación y controlar la dinámica de la actividad. Es necesario subrayar que la figura del maestro o la maestra es axial en cuanto que es el encargado de explicar y organizar la clase.

¿Cómo se organiza el voluntariado?

A principio de curso se solicitan personas que puedan integrarse en esta experiencia, se da una charla de formación para explicar en qué consiste la función del voluntario y se firma un compromiso con ellos para dejar claro aspectos tales como la colaboración altruista, la confidencialidad respecto a la actividad con los niños y niñas y la relación con el colegio.

¿Qué elementos positivos se observan respecto a la acción docente en ese momento?

La presencia de adultos en la clase produce un efecto de responsabilidad en los alumnos que favorece un mayor rendimiento. De alguna forma tienen la necesidad de dar lo mejor de sí ante personas que les están observando y no es el profesorado habitual.

Los voluntarios salen con sensaciones positivas valorando el trabajo del profesorado, comprobando el trabajo de “planificación” que, en ocasiones, está en un punto ciego para las familias, y sintiéndose más concernidos con la escuela como institución educativa.

Es importante realizar una evaluación al final de cada sesión para valorar los aspectos positivos y negativos que hayan surgido.

La frecuencia de los grupos interactivos es cada dos o tres semanas. Lógicamente requiere de un trabajo organizativo que convoque a los voluntarios y los distribuya por las clases tratando de que todas tengan un adulto responsable de cada grupo.

 

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