Jueves Santo

Hambre y caridad, un binomio difícil de conjugar quizás, a mi pobre entender, porque ambos se extreman hacia lados opuestos, el hambre camina hacia el abandono de lo humano cuando dejamos morir a personas carentes de todo, esperando un alimento como caído del cielo para sobrevivir; y la caridad camina hacia la plenitud de un amor a la humanidad que se expresa en obras concretas envueltas de ternura y misericordia. Sin embargo, cuando las dos se encuentran, como nos diría el Salmo 84 ”la justicia y la paz se besan” o quizás en esta ocasión “el hambre y la caridad se besan”.

Los pasos que conducen al encuentro de ambos extremos nunca podrán ser semejantes, es más, podríamos decir que sólo hay un camino que andar para que se produzca ese misterioso encuentro entre en este binomio, esos pasos los ha de andar la Caridad. El hambre nos clama con sus voces de dolor, con sus silencios esperándolo todo de la humanidad y la caridad nos urge a derramar hacia el hambriento la ternura y amor en exceso expresado de forma afectiva y efectiva.

Aunque hablara las lenguas del mundo, “si no tengo caridad no soy nada”, nos recuerda la 1ª Carta a los Corintios 13. Decir que no soy nada es lo mismo que decir que no existo, que mi humanidad ha dejado de ser el elemento fundamental que me hace ser lo que soy, y que en este proceso de no ser nada, nuestro mundo, entraría en una verdadera tragedia. Como signo de esa pérdida humana, en una de sus dimensiones, señalamos el hambre, en todas sus realidades: hambre de justicia, hambre de paz, hambre de fraternidad, hambre material… y sólo la caridad, que nace del amor de Dios que se ha dado en exceso por el hombre, nos urge hacia el otro y es capaz de desinstalarnos de lo no humano y llevarnos hacia el hambre, hacia la humanidad.

Vivir en un estado de caridad que nos identifica con lo humano no es fácil, es decir, vivir continuamente en gratuidad, dándolo todo sin esperar nada a cambio, dando la vida, servicio a servicio por el otro, en nuestro contexto social es desproporcionado. Cuando caminamos entre la miseria, pronto nos damos cuenta, lo pesado que es vivir en ese estado de caridad. Es mucho más pesado que llevar un plato de comida a un indigente en un comedor social, o realizar actividades de voluntariado. La caridad va mucho más allá, requiere siempre de ternura, compasión, humildad, respeto y sonrisa.

La ternura que acompaña a la caridad, es una expresión serena y madura del ser humano que lleva consigo un sentimiento profundo hacia todo hombre, al ser merecedero del amor de Dios por el mero hecho de haber sido modelado por sus manos, a imagen de su Hijo, hecho a su semejanza. La ternura contiene en sí misma delicadeza, ya que de algo frágil se trata, y qué podemos considerar más frágil que nuestra humanidad que ha sido creada y modelada. De la ternura brota, como si de un manantial se tratase la dulzura, con ella podemos caminar y acercarnos a lo no humano, al hambre, sin dañar ni ofender.

Así mismo la caridad va cogida de la mano de la compasión que es capaz de conmoverse por los sin rostro ni figura humana. Compadecerse por la humanidad no es un sentimiento de lástima que más que actuar inmoviliza, sino todo lo contrario, supone apasionarse por el otro, descubrir en su naturaleza desfigurada la presencia e imagen de Dios, contemplarlo constantemente en los que sufren, en todas esas realidades de hambre que nos conmueven unas y otras nos deja sin reacción al no poder o no saber dar una respuesta que alivie del dolor. La compasión practicada nos lleva por los senderos del riesgo, senderos que se nos presentan en nuestro siglo en un mundo global, y que en esa globalidad se necesita respuestas concretas. Los senderos que nos conducen a la compasión, hay que andarlos primeramente abriendo el corazón, dimensionándolo más allá de nuestras fronteras, disponibles, para que el hambre, como una realidad de lo no humano, no se instale, sin quererlo, en nuestra naturaleza y seguidamente con respuestas de un amor que ha de ser efectivo y organizado, implicando a toda la humanidad compadecida.

La humildad no es un añadido a la caridad, es otra de las cualidades que la acompañan. No se concibe una caridad engreída o egoísta, como tampoco se concibe alardear del consuelo que hemos podido aliviar ante un dolor ajeno. La humildad que acompaña a la caridad, baja al encuentro de lo no humano, del hambre y miseria, camina más allá de la realidad que se ve aparentemente y busca la perla escondida que acontece misteriosamente, sin nosotros percibirlo, en lo no humano. La humildad baja al encuentro, allá donde otros huyen de esa realidad dolorosa, porque no son capaces de soportar lo que contemplan sus ojos. Y ahí, sólo ahí, acercándose desde lo humillado, es donde encontramos la perla humana, posibilitando un encuentro, el de la dignidad.

El respeto, esa consideración con que ha de ser tratada el hambre, lo no humano, supone exquisitez en la acción, es decir conlleva, aunque parezca contradictorio, creatividad en la acción desde la paciencia de Dios. El no anticiparse a la divina providencia, a los pasos de Dios, es signo de que todas las acciones emprendidas para quitar el hambre de lo no humano, van encaminadas a socorrer al hombre, a tenderle la mano para devolverle a la vida a la que está llamado, una vida en plenitud que sólo puede ofrecer Dios. Esta práctica del respeto al otro, supone mirar desde Jesús como siervo de Dios.

La caridad necesita estar acompañada de esa sonrisa humana capaz de devolver la esperanza a lo no humano para que así, como dice el salmo 111 “poder alzar la frente con dignidad”.

El encuentro de nuestro binomio, hambre y caridad, no se conseguirá sino a base de dos cosas fundamentales: de una gran humanidad y una profunda espiritualidad encarnada.

Termino con una frase conmovedora de la película del Santo de la Caridad Vicente de Paul “Monsieur Vincent” que nos puede ayudar en nuestro encuentro con el hambre “Sólo por tu amor te perdonarán los pobres y hambrientos el pan que tú les das”.

Sor Trinidad Segura Varo
Hija de la Caridad

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